GUSTAVO MANGISCH, DIRIGENTE LAICO ARGENTINO QUE LO TRATO VARIAS VECES

“UN ARTIFICE DE PAZ ENTRE NOSOTROS”

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Durante los años ochenta y como director nacional de la Pastoral de Juventud de la Iglesia en la Argentina tuve el honor y la alegría de compartir con Juan Pablo II tres momentos que marcaron profundamente nuestra historia como  país. En primer lugar, hacia principios de la década del ochenta, cuando todo hacia suponer la inminencia de un enfrentamiento con nuestros hermanos  chilenos y nos preparábamos para lo peor, nos llegó la feliz noticia de que el Papa se había ofrecido para realizar una gestión mediadora entre los dos  países. Esta actitud audaz del nuevo pontífice evitó un derramamiento de sangre inocente y la apertura de heridas entre nuestros dos pueblos hermanos que seguramente hubieran sido muy difícil de cerrar. Tuve la gracia de representar a la juventud del país, y conjuntamente con un joven chileno, llevarle al Santo Padre millones de firmas de jóvenes de las dos naciones agradeciendo su mediación. La respuesta había sido masiva y el  Papa quiso recibirnos en una imponente y solemne misa en la basílica de San Pedro. Este gesto no tuvo la trascendencia merecida en nuestro país  porque ese mismo día se producía un cambio de presidentes acaparando las noticias. La alegría por la paz con los chilenos mutó tres años en dolor ante la guerra con Gran Bretaña por Malvinas. Y otra vez apareció la figura de Juan Pablo II. Por lo pronto, sabemos que el pontífice realizó importantes gestiones para evitar ese enfrentamiento, pero no fue escuchado. Es justo rescatar en
esos momentos de dolor para el pueblo argentino que la corta visita del Papa  de 1982 (33 horas) significó la presencia afectuosa y acogedora del padre que  padece la angustia y el sufrimiento de sus hijos, queriendo estar a nuestro lado en esos tiempos sombríos  y difíciles. Como juventud de Iglesia, nos tocó organizar la vigilia de espera en el altar que se había dispuesto para el encuentro y la misa frente al Monumento a los Españoles, en Palermo.  Todavía resuenan en mí, las palabras que nos dirigió diciendo: “Hagan con sus  manos una cadena de amor más fuerte que el odio y que la muerte”, y el coro de la multitud allí reunida que a pesar de todo gritaba: “¡Queremos la paz!,¡queremos la paz!”. La crisis institucional desatada como consecuencia de  la derrota, una vez más, también acaparó el centro de la noticia y diluyó el  testimonio de esa presencia providencial y su mensaje. Habían pasado muchas cosas en el mundo y en el país cuando en 1987 el  Papa viajó por segunda vez a la Argentina, recorriendo varias provincias y   visitando diferentes realidades, para culminar con la meenchimorable celebración de la Jornada Mundial de la Juventud. Era la primera vez en la historia que un pontífice celebraba el Domingo de Ramos fuera de Roma. Tuve la dicha de recibirlo en nombre de los jóvenes allí reunidos provenientes de todos lados en el imponente marco del altar de la 9 de Julio. Para quienes  tuvimos el privilegio de participar de este encuentro con el Papa está  fuertemente grabada suvigorosa figura. La imagen de un hombre incansable  que había recorrido casi todo el país reservándose sólo unas pocas horas al día para su descanso. Quienes lo acompañaban no  podían creer semejante  resistencia. Con la energía de un santo que movido por el fervor de anunciar el Evangelio, era capaz del heroísmo. ¡Cómo nos marcó ese día! ¡Qué importante que fue para la juventud el mensaje del Papa! Esta vez, el levantamiento de los   “caras pintadas” copó nuevamente el centro de las noticias y no pudimos
disfrutar en plenitud este hermoso acontecimiento de la visita papal con toda su  significación. De tomas formas, sabemos que quiso de manera particular a los argentinos. Le  damos las gracias a Dios por Juan Pablo II.