ENTRE LOS CIEN TESTIMONIOS ELEGIDOS POR CLARÍN

Un cura villero, una monja y un laico, ejemplos en la pandemia

Uno reparte por día 4.500 raciones de comida; otra fabrica barbijos y el tercero asiste a indigentes.
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El padre Juan Isasmendi es el párroco de la iglesia “Madre del Pueblo” ubicada en el barrio Ricciardelli –como recientemente se renombró a la villa 1-11-14 del bajo Flores– y a diario coordina la entrega de casi 4.500 raciones de comida para las familias de la zona. También cuenta con voluntarios que colaboran con los adultos mayores: “Tenemos un centro de jubilados, el ‘Papa Francisco’, pero tuvo que dejar de funcionar, por razones obvias. Los voluntarios, de todos modos, los acompañan en el aislamiento para que no les falten medicamentos y comida”, señaló.

Una de las dificultades que hay en el barrio para afrontar la pandemia es que, en muchos casos, las casas son pequeñas y viven familias numerosas. También, hay chicos en situación de calle que no tienen donde vivir, entonces desde los centros barriales de día los acompañaron creando espacios de aislamiento para ellos.

El Padre Juan expresa que tiene las mismas incertidumbres y angustias que todos: “Al margen de las gestiones de ayuda que están movilizando las autoridades, la exclusión social es clarísima porque no todos pueden tener reservas si no trabajan. Si hay una denuncia a la que nos lleva este virus es la de la desigualdad”, afirmó.

Otra servidora incansable es la hermana María Elba. Nada la detiene a la hora de ayudar a quienes están enfrentado la pandemia, ni siquiera ser parte del grupo de riesgo. Con 84 años, la religiosa de la congregación Hermanas Dominicanas de San José encontró la forma de ayudar durante la cuarentena sin incumplir con el aislamiento social preventivo en Las Varillas, localidad de Córdoba ubicada a 180 km de la capital provincial. Llegó a sus oídos que en el hospital se necesitaban barbijos descartables para los médicos, enfermeros y el resto del personal. A pesar de no tener grandes habilidades para la costura, tres religiosas comenzaron con esta tarea con los insumos que les proveyeron los doctores y sus indicaciones. Con el paso de los días, fueron haciéndolos cada vez más rápido. “No podemos salir a acompañar a los mayores, tampoco repartir bolsones de comida, pero sí manejar una máquina de coser”, afirmó la religiosa, que encontró en la confección de barbijos la alegría de poder colaborar de acuerdo con sus posibilidades.

No es la única tarea que las hermanas desempeñan. Por la mañana se abocan a la escuela que tienen a cargo con la novedad de las clases virtuales. Después de su jornada de trabajo, dedican toda su tarde a la fabricación de los barbijos. Cada puntada de hilo le recuerda a María Elba sus días como enfermera y el desarrollo de su vocación en la asistencia a los enfermos.

Los colaboradores de la Comunidad de San Egido también asisten a los más necesitados en la Ciudad de Buenos Aires: las personas en situación de calle.

Con la expansión del coronavirus, muchos lugares donde la gente podía procurar comida se cerraron. Esto ha hecho que los voluntarios intensifiquen su servicio: la tarea les lleva casi todo el día, además se abocan a esta actividad de lunes a sábado, en vez de hacerlo una vez por semana como estaban acostumbrados.

Por la mañana, salen a recolectar la comida: “Nos la provee  gente amiga a la que le pedimos que los alimentos sean fáciles de distribuir como empanadas o tartas en porciones, además de jugos”, detalla Marco Gallo, que es voluntario hace más de 20 años.

En los primeros diez días de la cuarentena ya habían distribuido más de mil raciones y Marco asegura que no piensan bajar los brazos: “Cuando uno ve tanta necesidad, es imposible”.