Miércoles 10.08.2022

EN LA LOCALIDAD DE EMPEDRADO, CORRIENTES

Un devastador tornado unió a los fieles en pos de un desarrollo social

Por: María Montero

Convocados por el párroco ayudan a construir viviendas y desarrollar pequeños emprendimientos.
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Hace dos años, un tornado jamás visto en Empedrado, provincia de Corrientes, dejó un cuadro desolador. Viviendas destrozadas, un centenar de familias evacuadas, árboles caídos y las zonas más pobres devastadas. A eso se sumó la pandemia, que afectó especialmente a los ambientes más vulnerables. Ante ese escenario, el padre Ariel Giménez, párroco de Nuestro Señor Hallado, convocó a las personas que concurrían a la misa a formar una red de ayuda que permitiera salir de la extrema indigencia a tantas personas. Así surgió la Fundación Mirada de Esperanza.

De inmediato, fueron muchas las manos dispuestas a ayudar, pero ¿por dónde comenzar? Acercarse a esas casas de techos de plástico o chapas, de paredes de cartón y maderas encerraban historias de pobreza y dolor que iban más allá de un lugar donde vivir. Necesitaban una vida digna.

Conmovida por esta situación, Liliana Bernasconi, una laica católica, comprometió todo su tiempo y amor en esta misión que siente como su vocación cristiana. Ella es cofundadora de este grupo de fieles que se sumaron a dos proyectos: Bajo Lomas, en Empedrado, y Costa Derqui, a 16 kilómetros de la parroquia. “Me movilizó cómo estaban viviendo –dice-, aunque ni siquiera se podía decir que era una vivienda. Son generaciones que viven de esa manera, desde sus bisabuelos. Como meta queremos que ese nieto viva otra vida, que se pueda modificar su realidad”.

Liliana opina que la ayuda tiene que ser integral: “El asistencialismo es importante al principio, en la precariedad, pero ellos tienen que conseguir dignidad. Son familias que no consiguen trabajo permanente y tienen muchos hijos. Algunas hasta 10”.

El objetivo de la fundación es dignificar la vida de las personas que viven situaciones que los superan, para que puedan hacer algo de sus vidas. Difundir la cultura de la disciplina, del estudio, de la solidaridad y del trabajo, que cada vez es más exigente en la sociedad. Para poner en marcha esta iniciativa se sumaron ingenieros, escribanos, contadores, abogados y diversos instructores en oficios, que se ofrecen como voluntarios.

En Bajo Lomas comenzaron con los cultivos de verduras y flores. El sacerdote les ofrece un lugar delante de la iglesia para que vendan sus productos o lo hacen en la plaza. Algunos vienen desde lejos. También hay pequeños proyectos laborales en la parroquia donde les enseñan carpintería, artesanías, repostería y costura, gracias a una donación de máquinas de coser. Los productos también se exponen y venden. “Son cosas hermosas –afirma Liliana-, hay almohadones, cortinas, juegos de sábanas, todo muy bien confeccionado”.

Pero tal vez el proyecto más ambicioso fue la construcción de tres casas para familias sin trabajo permanente y con muchos hijos que vivían en una zona inhabitable a la que llaman “el pozo” por estar en una barranca, casi rozando el río. “Es emocionante ver lo lindas que quedaron esas casas después de dos años de trabajo y lo felices que están esas familias”, señala Liliana. Y ella considera que la igualdad debe ser una bandera: “Tenemos que integrarlos porque su desamparo es tan grande que cuesta que se vean merecedores de lo que otros tienen. Sienten que no existen y se marginan ellos mismos, a tal punto que están ávidos de que aunque sea se converse con ellos, y ni hablar si se los ayuda y se les da participación porque son generaciones y generaciones de frustraciones, de mucha pobreza e injusticia. Y si no hay igualdad, no hay justicia”, subraya.

Otra iniciativa de la fundación Mirada de Esperanza es el proyecto Costa Derqui, sobre las costas del río Paraná, a pocos kilómetros de Empedrado, donde crearon un centro de protección al menor. Allí asisten a unos 50 niños con útiles, vestimenta y ayuda escolar. También instruyen a las familias para crear sus propias fuentes de trabajo. Actualmente, por ejemplo, están construyendo un gallinero. Los productos los venden en la parroquia del padre Ariel y también en los alrededores.

“Siempre me movilizó del padre su apertura a todas las personas –dice Liliana-, su intención de estar donde se necesita sin preguntar su religión o creencias, solo ve el dolor que tienen. Por eso me uní a su propuesta, porque estamos convencidos de que todos pueden conseguir dignidad”.