Un fuerte llamado a comprometerse hoy con el mundo

Por: Sergio Rubin

Francisco les dijo a las chicas y muchachos que participaron del encuentro en Panamá que para Dios “no son el futuro, sino el ahora” porque la juventud no equivale a “una sala de espera”.
Comparte

¡Queridos jóvenes: no son el futuro, sino el ahora de Dios!”, exclamó Francisco ante una impresionante multitud calculada en unas 700 mil personas durante la homilía de la misa de clausura de una nueva edición de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), celebrada recientemente en Panamá. Fue un fuerte llamado al compromiso religioso -con su proyección en las diversas realidades de la vida cotidiana-, que sintetizó su mensaje a lo largo de cinco jornadas que conmovieron a los panameños y a las más de cien mil chicas y muchachos inscriptos llegados de 156 países de los cinco continentes. Así, buscó que no caigan en la errónea creencia de que “su misión, su vocación, hasta su vida, es una promesa tan solo para él futuro y nada tiene que ver con nuestro presente. Como si ser joven fuera sinónimo de sala de espera de quien aguarda el turno de su hora”.

En los días previos a su arribo la capital panameña había modificado su aspecto con gigantografías con su imagen, banderas papales y panameñas y las delegaciones de los diferentes países identificadas con los colores de sus naciones que iban y venían cantando. Además, sendos encuentros de jóvenes africanos e indígenas en las vísperas revelaban una diversidad enriquecedora que Francisco se encargaría de destacar. La entusiasta recepción durante su primer desplazamiento en papamóvil desde el aeropuerto sería un anticipo de la dimensión de la fiesta de fe que comenzaba. Pero asumiendo, como pediría el Papa, las duras realidades de la región como las migraciones -sobre todo de jóvenes que huyen de la violencia y las penurias-, patentizadas en las caravanas a los Estados Unidos. O escapando de las graves crisis en Venezuela y Nicaragua.

En el marco de una esmerada organización que movilizó a 25 mil voluntarios, se entregó a los peregrinos un kit con vouchers de comida, una tarjeta para el transporte y toda la información lógística y religiosa. Además, en el Parque Omar se emplazó el llamado Parque del Perdón “Renuevame”, donde miles de jóvenes pudieron confesarse; la Feria Vocacional “Sígueme”; la capilla “Encuéntrame” -con la imagen peregrina de la Virgen de Fátima expuesta-, y el Parque Temático “Cristonautas”, dónde gracias a las nuevas tecnologías se recreaban emblemáticas escenas bíblicas. A ello se sumaron el uso intensivo de las redes sociales y las transmisiones televisivas de los eventos, que llegaron a millones de espectadores.

La gran conexión de Francisco con la gente se reflejó en innumerables gestos como cuando se percató por segunda vez de la presencia a su paso por las calles de una anciana con un gran gorro que tenía la inscripción “Las abuelas también hacemos lío”,que lo llevó a bajarse del papamóvil y abrazarla. Pero también quiso estar cerca de jóvenes que sufren situaciones de gran dolor. Por eso, visitó un correccional de menores que cometieron delitos graves, ocasión en la que exhortó a no dividir la sociedad entre “buenos y malos” y llamó a los internos a no caer en la tentación de que “no se puede cambiar”. Y donde escuchó un emotivo testimonio de conversión de uno de ellos. Además, fue a un hogar de enfermos de sida, en el que advirtió que “la indiferencia también mata”.

Circunstancias difíciles de la vida que enfrentan los jóvenes y la sociedad toda se le volverían a presentar al Papa durante el ya tradicional Vía Crucis del viernes por la noche. En cada una de las 14 estaciones chicas y muchachos de distintos países señalaban, por caso, el drama de los migrantes y refugiados, la pobreza, la corrupción, las adicciones, el terrorismo y el aborto. Allí, denunció “la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad que consume y se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos”. Al día siguiente almorzaría con una decena de jóvenes de los cinco continentes que le plantearían sus inquietudes y el pontífice los alentaría a asumir los desafíos.

En la también habitual Vigilia del sábado a la noche –otra cita multitudinaria- escuchó testimonios fuertes: el de un matrimonio que contó cómo la llegada de un hijo down le permitió descubrir el gran poder transformador del amor; de un ex adicto que pudo dejar las drogas gracias a la fe, y de un palestino que se convirtió durante la anterior JMJ en Cracovia, en 2016. Tras reflexionar sobre cada uno de los casos Francisco afirmó: “qué fácil es criticar a los jóvenes y pasar el tiempo murmurando si les privamos de oportunidades laborales, educativas y comunitarias desde donde agarrase y soñar un futuro”. Y señaló que “soñar el futuro es aprender a responder no solo para qué vivo, sino para quién vivo, para quién vale la pena gastar la vida”.

Francisco insistió esa noche en el sentido de la vida. Citando a San Alberto Hurtado, interrogó a la multitud: “”El progreso de la sociedad será solo para llegar a poseer el último auto o adquirir la última técnica del mercado? ¿En eso se resume toda la grandeza del hombre? ¿No hay más que vivir para esto?”. Y al apelar al sentido religioso recordó la entrega de María ante el llamado de Dios a ser la madre de Jesús. “Sin lugar a dudas la joven de Nazaret no salía en las ‘redes sociales’ de la época, no era una ‘influencer’, pero sin quererlo ni buscarlo se volvió la mujer que más influyó en la historia. María, la ´influencer’ de Dios. Con pocas palabras se animó a decir ‘si’ y a confiar en el amor y en las promesas de Dios, única fuerza capaz de hacer nuevas todas las cosas”.

Uno de los coordinadores de la Pastoral Juvenil de la Argentina que asistió, Santiago Tognetti, admitió ser “un poco escéptico ante los grandes eventos masivos, acostumbrado a encontrar a Dios en lo cotidiano”, y que “no esperaba en un encuentro así ser tocado en una fibra tan íntima”. Mientras que otra coordinadora que también fue, Noelia Barrera, la consideró “una experiencia de fe increíble. Ver la alegría que circulaba en los jóvenes y no tan jóvenes me resultó esperanzador”. El llamado de Francisco en el cierre sigue retumbando: “Tenemos que esforzarnos en propiciar canales y espacios en los que hay que involucrarse, en soñar y trabajar el mañana desde hoy, juntos. Porque ustedes, queridos jóvenes, no son el futuro, sino el ahora de Dios”.