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Un halo de misterio y de silencio alrededor de la mujer vidente

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Es la vidente. Esa es la caracterización que de ella hace la Iglesia. Como sea, Gladys Motta, nativa y vecina de San Nicolás de los Arroyos, tenía 46 años cuando dijo haber visto a la Virgen María por primera vez. Fuera de una salud algo precaria, Gladys llevaba una vida convencional hasta el 25 septiembre de 1983, el día que todo cambió para ella. Casada con un trabajador de la siderurgia, madre de dos mujeres, esta señora de hábitos sencillos que no pudo completar sus estudios primarios, no tenía conocimiento teológico alguno, ni era lectora de la Biblia. Pero después de las visiones, pide ayuda a su confesor, y el padre Carlos Pérez (el primero en escucharla en la Iglesia) le regala las Santas Escrituras. “Durante meses fue necesario un largo trabajo de discernimiento de parte del obispo Castagna y de la comisión nombrada por él para verificar la autenticidad de los hechos”, cuenta Pérez. Quienes conocen a la dueña de casa del pasaje Figari 122 dicen que Gladys sigue viendo a la Virgen “todos los días”. Pero la vidente no rompe su silencio de 30 años. Tanto es así que hasta acá esta mujer que sufre de estigmas (rarísimas marcas sangrantes en el cuerpo) nunca concedió una nota periodística. Pero sí lee las notas que los fieles dejan en su casa.