ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

¡Un lugar para Jesús en Navidad!

Por: P. Guillermo Marcó

Como hace 2000 años, cuando no había lugar en la posada para María, a punto de dar a luz, hoy parecería que tampoco nosotros le damos lugar a Jesús en la celebración de su nacimiento y nos perdemos en el consumo.
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Como cada año el 8 de Di-ciembre, Día de la Inma-culada Concepción de María, armamos el arbo-lito de Navidad y el pesebre. Lo primero que hacemos es buscarle un lugar para desplegar nuestro rincón navideño. Más temprano o más tarde, tendremos que conside-rar las posibilidades acerca de dón-de pasar la noche buena: ¿En casa? ¿En lo de tu familia o en la mía? ¿En qué lugar? ¿Con quién?
Jesús y María también tuvieron que preparar el nacimiento de Jesús. Ellos tenían todo previsto para que fuera en Nazaret, donde se ha-bían instalado. Allí estaban los amigos y conocidos de la aldea. Seguramente pensaron que las vecinas acudirían a ayudar ante el alumbramiento. En todo caso, no había que preocuparse: al fin y al cabo el que venía era el esperado de Israel. ¿Con qué mezcla de ex-pectativas esperarían María y José la llegada del Mesías?
Pero de repente una noticia ex-traña vino a romper los preparati-vos y los sueños. Es que los hilos del poder desde un lugar tan leja-no como Roma habían decidido censar a la población: “En aquella época apareció un decreto del em-perador Augusto ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Ese primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen”. (Lc 2, 1-3)
La noticia se difundía mientras crecía en el corazón de José y Ma-ría el desconcierto frente a algo tan inoportuno. Porque ello les impli-caba tener que partir hacia Belén, la ciudad de José, para cumplir. ¡Qué extraños son los planes de Dios! Cuando necesitaban más que nunca -frente al próximo alumbramiento- la seguridad de los lugares conocidos, el cobijo del propio techo, los amigos que po-drían colaborar; había que ponerse en camino a un lugar lejano.
 Fueron largas jornadas de caminata con María embarazada y a punto de dar a luz, sumadas a las incomodidades que añadía una masa humana desplazándose a sus lugares de origen. José alber-gaba la esperanza de ser recibido por algún pariente o amigo. En definitiva, Belén era su ciudad natal. Creía que, viendo el estado de María, le harían un lugar en la casa. Y que, posiblemente, le dieran la mejor habitación y ya no habría de qué preocuparse; ellos les da-rían todo lo necesario para afrontar el alumbramiento.
Pero al llegar agotados tras el largo camino, la realidad no fue como José esperaba. El evangelio describe escuetamente esa precariedad, al relatar el nacimiento de Jesús: “Mientras se encontraba en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su hijo pri-mogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posa-da” (Lc. 2, 6-7).
Sencillamente no había lugar para ellos. José y María estaban de más. ¿Cuántos “no hay lugar” pre-cedieron la pregunta en la posada? Posiblemente los “no” fueron más dolorosos porque venían de seres queridos. El pesebre, ese pesebre que armamos y adornamos en nuestras casas, debería recordar-nos su razón de ser: “No había lugar para ellos….”Podemos armar nuestro pesebre para recordar y profundizar su mensaje o dejarlo como adorno y caer en la fiebre consumista que ha hecho de la Navidad una carica-tura y terminar festejando sin darle un lugar a Jesús, hasta borra-chos e indigestados por los excesos gastronómicos.
Hacerle lugar al pesebre es hacer un lugar a Dios para que vuelva a nacer en nuestro corazón. No es solo pensar en dónde, con quién, o qué vamos a comer o a regalar. Es hacer que Jesús sea el centro y el pesebre, nuestra vida.