JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD. EL MULTITUDINARIO EVENTO QUE ENCABEZO EL PAPA.

Un vital llamado a construir un mundo mejor

Por: Sergio Rubin

En Cracovia, Francisco revalidó su popularidad ante una concurrencia de más de un millón y medio de personas. El pontífice hizo una única y gran exhortación: que los jóvenes se comprometan en la búsqueda de una "nueva humanidad", más justa y solidaria.
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Fue otra Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) –ya la número 31– multitudinaria y entusiasta la que encabezó el papa Francisco en Cracovia, Polonia, en la que el pontífice argentino  revalidó su gran popularidad. Los números realmente impresionan: concentraciones de más de un millón y medio de personas (los inscriptos fueron unos 500 mil provenientes de más de 180 países, entre ellos 3.500 argentinos) rezando, cantando y respondiendo con fervor a las consignas del Papa, ovacionado en cada encuentro o celebración. Como también impactaron los mega conciertos con orquestas, grupos musicales y bailarines que pusieron de manifiesto con música y danzas la alegría de vivir la fe, que a todos encantó y hasta estremeció. Francisco aprovechó ese contexto para hacerles, en los cuatro días que estuvo con ellos, una única y gran exhortación: que se comprometan en la construcción de una “nueva humanidad”, más justa y solidaria, tal como la fe en Jesús y las enseñanzas del Evangelio le reclaman al cristiano de ayer, de hoy y de siempre. Con ello, el pontífice buscó que las chicas y los muchachos, que son –por la etapa de la vida que transitan– quienes más deseos de cambio tienen, no pierdan su ímpetu en medio del creciente individualismo y descreimiento de la sociedad actual.

La Jornada Mundial de la Juventud no venía precedida del mejor contexto en materia de seguridad. Una serie de atentados en países del continente de fanáticos que se dicen islámicos (Niza y Munich, los últimos) había encendido la alerta. Ya antes, recordemos, Estados Unidos había alertado que el Tour de Francia, la Eurocopa y la Jornada Mundial de la Juventud eran posibles blancos del terrorismo. Para colmo, el día anterior a la llegada de Francisco a Cracovia dos jóvenes asesinaron a un sacerdote en Francia, en el primer ataque de esta ola a un templo católico en Europa. Lo que provocó un endurecimiento de las medidas de seguridad –por caso, las requisas eran en extremo minuciosas–, pero no produjo deserciones de significación entre los participantes ni menguó el entusiasmo. Además, determinó la oportuna aclaración del Papa, en el avión que lo llevaba a Polonia, de que no se estaba en presencia de “una guerra de religiones” porque todas las religiones quieren la paz.  En todo caso, lo religioso es malversado para envenenar mentes y darle una pátina religiosa a lo que, en verdad, es una guerra de poder e intereses. Desde luego, Francisco no quiso reducir su programa y acotar su contacto con la gente. No quiere hacerle el juego al terrorismo y tiene claro que su vida –como la de todos– está en manos de Dios.

En cuanto a su exhortación a los jóvenes, al saludar al día siguiente a los asistentes a la JMJ, Francisco admitió que le “genera dolor encontrar a jóvenes que parecen haberse ‘jubilado’ antes de tiempo. “Me preocupa ver a jóvenes que ‘tiraron la toalla’ antes de empezar el partido. Que están ‘entregados’ sin haber empezado a jugar. Que caminan con rostros tristes como si su vida no valiera. Son jóvenes esencialmente aburridos… y aburridores. Es difícil y a su vez cuestionador, por otro lado, ver jóvenes que dejan la vida buscando el ‘vértigo’, o esa sensación de sentirse vivos por caminos oscuros, que al final terminan ‘pagando’… y pagando caro. Cuestiona ver a jóvenes que pierden hermosos años de sus vidas y sus energías corriendo detrás de vendedores de falsas ilusiones (en mi tierra natal diríamos ‘vendedores de humo’) que les roban lo mejor”. Con todo, destacó que en los años que lleva de obispo aprendió que “no hay nada más hermoso que contemplar las ganas, la entrega, la pasión y la energía con que muchos jóvenes viven la vida”. Agregó que “es estimulante escucharlos, compartir sus sueños, sus interrogantes y sus ganas de rebelarse contra todos aquellos que dicen que las cosas no pueden cambiar”. Y afirmó: “Es lindo, y me conforta el corazón, verlos tan revoltosos”.

En el Vía Crucis del viernes, el Papa ya no habló del desgano o de la toma de caminos errados o, por el contrario del ímpetu juvenil, sino de las situaciones de dolor que interpelan la fe. “¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o sed, que no tiene hogar, que huye que buscan refugio?”. “¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo y las guerras?” “¿Dónde está Dios cuando las enfermedades terribles rompen los lazos de la vida y el afecto? ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren graves patologías? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen el alma afligida?”. Y concluyó: “Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús, y preguntarle a él. Y su respuesta es ésta: ‘Dios está en ellos’. Jesús está en ellos, sufre en ellos, profundamente  identificado con cada uno”. Y completó: “En esta tarde, Jesús –y nosotros con él– abraza con especial amor a nuestros hermanos sirios, que huyeron de la guerra”.

El sábado, en la Vigilia, el Papa les dijo enfáticamente: “Queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a ‘vegetar’, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste –señaló– pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero muy caro: perdemos la libertad. No somos libres para dejar una huella, perdemos la libertad. Este es el precio y hay mucha gente que quiere que los jóvenes no sean libres, que sigan atontados, embobados, adormecidos. Esto no puede ser, debemos defender nuestra libertad. Ahí está precisamente una gran parálisis, cuando comenzamos a pensar que felicidad es sinónimo de comodidad, que ser feliz es andar por la vida dormido o narcotizado, que la única manera de ser feliz es ir como atontado. Es cierto que la droga hace mal, pero hay muchas otras drogas socialmente aceptadas que nos terminan volviendo tanto o más esclavos”.

Finalmente, durante la homilía de la misa de cierre el papa Francisco les avisó a los jóvenes que
“puede que los juzguen como unos soñadores porque creen en una nueva humanidad, que no acepta el odio entre los pueblos, ni ve las fronteras de los países como una barrera y custodia las propias tradiciones sin egoísmo ni resentimiento. No se desanimen: con su sonrisa y sus brazos abiertos prediquen la esperanza y sean una bendición para la única familia humana, tan bien representada por ustedes aquí”.

Tras pedirles que conviertan el Evangelio en el “navegador” de su existencia y que la oración sea el primer “chat” de sus vidas, volvió a exhortar: “Con la mirada de Jesús, pueden hacer surgir una humanidad diferente, sin esperar a que les digan ‘qué buenos son’, sino buscando el bien por sí mismo, felices de conservar el corazón limpio y de luchar pacíficamente por la honestidad y la justicia”.

¿Cuánto habrá prendido su mensaje? hora, ellos tienen la palabra… o, mejor, la acción.