JUDIOS

Una breve historia del alfabeto hebreo

Por: Norma Kraselnik

El origen de la lengua de la Biblia se remonta a la escritura pictórica de las civilizaciones más antiguas.
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Las raíces de la lengua hebrea se encuentran en la Mesopotamia, región de asentamiento de los antepasados del patriarca Abraham y del sumerio, idioma de la región y uno de los primeros que pasó a ser escrito.

Al principio, los sumerios reprodujeron escenas de la vida real en pinturas y dibujos. Esta escritura pictórica se fue simplificando con ideogramas, que eran un conjunto de signos que se tallaban sobre tablillas de arcilla húmeda con una cuña, por lo que se la llamó: escritura cuneiforme.

Los acadios dieron un paso más sustancial en el desarrollo de un sistema de signos cuyos sonidos se independizaron del significado original y adquirieron mayor abstracción lingüística.

En la zona de Canaán o del Sinaí, alrededor del año 1500 a.C. se conoció un alfabeto protocananeo derivado de aquella escritura, compuesto de 22 sonidos de consonantes y que atrajo la atención de los fenicios. Doscientos años después son los mismos navegantes fenicios los que expanden este alfabeto que resultó útil para la documentación de sus transacciones comerciales y se convirtió en la base de futuros abecedarios del Oriente Medio que dieron origen a muchas de las escrituras que conocemos hoy: griego, cirílico, latín, etc.

El hebreo, la lengua de la Biblia, evolucionó de esa misma escritura protocananea. Es muy interesante ver que el nombre y la forma de las letras hebreas conservan su ideograma original. Así la Alef, la primera letra del abecedario, nuestra “a”, representa un buey (alphu, en acadio) que incluso podemos descubrir invirtiendo la A mayúscula y haciendo del triángulo una cara de la que sobresalen dos cuernos; la Bet, nuestra “b”, es una casa y así se dice en hebreo; la Dalet, nuestra “d”, es una puerta; la Mem, nuestra “m”, es “maim”: agua y quizás también puedan percibir en su grafía el movimiento de las olas. Tenemos consonantes que representaban las partes del cuerpo como la Reish, nuestra “r”, que es una cabeza; la Ain, nuestra “o”, es un ojo; la Shin, nuestra “s”, los dientes.

Después de la destrucción del Segundo Templo por los romanos y bajo la presión de la influencia del arameo, del griego y el latín, el hebreo desapareció como el lenguaje hablado cotidiano de los judíos y quedó reservado para el estudio de los textos sagrados y para los fines litúrgicos. La gran mayoría de los judíos comenzó a hablar en los idiomas locales de las regiones en las que vivían, y mientras tanto crearon con el alfabeto hebreo otras lenguas próximas a las de las diásporas en donde residían. Así surgió el Idish, el judeoespañol o ladino, el zarphatic o judeo-francés, el italkiano o judeo-italiano, etc.

El castellano tiene influencias directas del hebreo en palabras como: amén, sábado, jubileo o jubilación.