TRADICION DE CUATRO GENERACIONES EN SANTA FE

Una fábrica de campanas, única en Latinoamérica

Por: María Montero

Para Luis, uno de los actuales dueños, en las zonas más aisladas, la campana sigue siendo la voz de Dios que llama al templo.
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En San Carlos Centro, a 45 km de la ciudad de Santa Fe, funciona la única fábrica artesanal de campanas de Latinoamérica, que desde 1892 se venden en toda la Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia.
Las campanas Bellini son una empresa netamente familiar y es la actividad industrial más antigua de la zona, que sigue funcionando hasta estos días.
Nació con el bisabuelo Juan Bautista, un italiano del Piamonte que llegó al país para reparar los motores a vapor y las trilladoras, que comenzaban a utilizarse en la agricultura mecanizada y montó un taller para fundir hierro con un horno a cubilote.
Ese mismo año, en el pueblo, se construía el templo de San Carlos Borromeo y el arquitecto a cargo de la obra, veía que los campaneros fracasaban una y otra vez con los moldes para hacer la campana: Pidió entonces a Bautista que la fundiera en su taller, descubriendo en ello el oficio al que dedicaría su vida.
Hoy la firma está integrada por Miguel y Juan, hijos de Luis Bellini, cuarta generación de campaneros. Recuerdan que en el pasado, había muchas fábricas de campanas en Argentina, en su mayoría instaladas en el microcentro porteño, pero que a mediados del siglo XX fueron desapareciendo.
“Creo que la nuestra duró tantos años –opina Luis- porque estamos en un pueblo chico que es más fácil mantener las tradiciones”.
El sistema que utilizó en la fundición es el mismo que sus bisnietos usan hoy y que se conoce como “moldeo a la cera perdida”. Una técnica milenaria en que las distintas capas del molde se cubren por dentro con cera y ceniza, para que no se peguen al desmoldar cuando se cocina en el horno de barro. Este método permite obtener moldes de extrema nobleza que dan una calidad musical perfecta. Cada campana tiene su propio
molde hecho con una mezcla de barro, crines y estiércol de caballo, para evitar que se agriete. La matriz se quema con carbón de leña en un horno hecho con ladrillos, método que se usa en todo el mundo. Como el molde no es muy fuerte, necesita ser contenido para evitar que la presión del metal lo quiebre. Por ello se coloca en una fosa de tierra con la boca hacia arriba. Luego se le vuelca el metal caliente en el espacio hueco y se lo
deja para que se enfríe lentamente. Al cabo de una semana el molde se desentierra, y se rompen su capa exterior e interior. Luego se pule la campana con una mezcla de agua y ladrillo molido y se le aplican adornos en relieve. El tono plateado de las campanas recién terminadas se debe al  estaño. El matiz dorado que se ve en algunas es por su antigüedad, ya que el estaño se va degradando con el tiempo y prima el color del cobre.
El diámetro de las campanas puede variar desde 30 cm a 2 metros. La más grande fabricada por la empresa está en San Justo, provincia de Buenos Aires. Mide 1, 43 metros y pesa 1.700 kilos.
El mercado se mueve fundamentalmente dentro de la comunidad católica y cristiana aunque ahora no hay tanta demanda. Seguramente porque al ser un bien que dura unos 500 años los clientes no se vuelven a repetir.
Para Luis, la campana sigue siendo para aquellas zonas más aisladas, la voz de Dios que llama al templo, sentido que fue perdiéndose en las grandes ciudades contaminadas de ruido.