Una severa amonestación del Papa a sus compatriotas

Por: Sergio Rubin

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Los argentinos siempre presumimos de ser un crisol de razas, un ejemplo de integración de colectividades y convivencia entre los credos. Que hacemos honor al preámbulo de nuestra Constitución que proclama que estamos abiertos a “todos los hombres de buena voluntad” que quieran habitar nuestro suelo. En parte ciertamente lo somos, pero nos cuesta más examinar nuestra actitud hacia los pueblos originarios y la inmigración de países limítrofes.

Sorpresivamente, el Papa Francisco acaba de zambullirse en esta cuestión tan sensible en el discurso de apertura del sínodo de obispos sobre la Amazonía, que suscitó gran expectativa por la situación humanitaria y medioambiental de la región y por la posibilidad de que proponga que hombres casados de edad avanzada accedan al sacerdocio ante la escasez que hay allí de curas. Pero que la Argentina veía en alguna medida como una asamblea ajena.

Por bien: Francisco fue particularmente duro con sus compatriotas como quizá no lo fue en estos seis años y medio de pontificado al achacarles indiferencia frente a la matanza de aborígenes en el siglo XIX y actitudes discriminatorias a raíz de las últimas corrientes inmigratorias de países limítrofes. Desde, dijo, el “aniquilamiento de la mayoría de los pueblos originarios” hasta “hablar de los bolivianos como bolitas y los paraguayos como paraguas”.

Jorge Bergoglio ensayó incluso una interpretación de esa actitud argentina, al señalar que deriva de la opción “civilización o barbarie” que se blandió en el siglo XIX. O sea, de que la idea de que lo bueno para el país era lo que venía de Europa o de Estados Unidos y lo malo era lo autóctono, lo latinoamericano. Aunque no dice que quien mejor expresó literariamente esa visión fue Domingo Faustino Sarimento en su célebre libro Facundo.

Francisco formuló su apreciación a partir de manifestar su preocupación por el desdén con que suelen ser considerados los pueblos ancestrales como los que viven en la Amazonía. "Es el desprecio de los pueblos y, voy a la experiencia de mi tierra, eso de civilización y barbarie, que sirvió para aniquilar pueblos, todavía sigue en mi patria, con palabras ofensivas hacia los inmigrantes de países limítrofes”, lamentó el pontífice.

El señalamiento de Francisco se produce en un momento en que en su país crece el debate sobre los beneficios sanitarios y educativos de que gozan los inmigrantes latinoamericanos, tales como el acceso gratuito a los hospitales y universidades nacionales. O la presunta laxitud del estado argentino respecto de las exigencias penales para residir en el país. E incluso su vinculación con bandas del narcotráfico.

Uno de los abanderados de la “mano dura” con los inmigrantes latinoamericanos es el senador y actual candidato a vicepresidente por el oficialismo, Miguel Angel Pichetto, quien -a partir de una fotos de colas de compradores de droga - le atribuyó a dos colectividades ser las responsables de la venta de marihuana y cocaina en la villa 1-11-14 del bajo Flores. “Esto es aberrante. La verdad es que habría que dinamitar todo, que todo vuele por el aire”, dijo.

Sus declaraciones provocaron la réplica de los curas villeros de la Capital y el GBA. “La mirada única y sesgada, probablemente motivada en el desconocimiento personal del territorio, acrecienta la brecha de la mirada discriminatoria respecto de la población de las villas y asentamientos, que ya tiene vulnerado sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales”, afirmaron.

Y agregan: “Las expresiones apuntadas solamente acrecientan los prejuicios de sectores medios de la población respecto de personas que vienen de generaciones de exclusión; y el resultado de estos desencuentros muchas veces termina siendo un caso de gatillo fácil, un linchamiento, un comentario irresponsable desde los medios de comunicación, escuelas expulsivas, etc.”

Seguramente, Francisco tiene claro que su alusión atizará el encono de no pocos de quienes lo critican en su país.

Fuente: VR y Clarín