Miércoles 22.05.2019

Evangelicos

Una vía para ser libre en la cárcel

El pastor Juan Zuccarelli se hizo guardiacárcel para asistir a los reclusos. Logró que muy pocos internos evangélicos reincidieran en el delito.
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Hace 29 años, Juan Zuccarelli se convirtió en pastor de la Iglesia Cristo la Unica Esperanza, emplazada en la cárcel de Olmos. Se trata del templo cristiano evangélico más grande del mundo que haya detrás de rejas. Su programa se extiende hoy a las 54  prisiones que hay en la provincia de Buenos Aires. Para llegar allí, Zuccarelli tuvo que hacerse guardiacárcel, soportar castigos y desconfianzas. Pero cuando piensa que de los 28.600 internos que hoy purgan penas, 10.800 son cristianos evangélicos, siente que valió la pena. Con la seguridad de que el delito está separado de la persona (a contramano de los criminólogos), logró que el porcentaje de reincidentes sea de sólo el 5%, frente al 47% del resto del sistema carcelario.
-¿Cómo fueron sus comienzos?
— Tenía 25 años, estaba evangelizando en una plaza y sentí un llamado de Dios para trabajar con los presos. Me sorprendió. Ni siquiera pensaba en eso y no tenía a nadie cercano en situación de cárcel. Tuve una lucha espiritual muy fuerte. Como yo soy de La Plata, la cárcel más cercana era la de Olmos, donde acababa de haber un motín. Así, llegué a la puerta del presidio y dije que quería hablar del evangelio con los presos. Me echaron, obvio. Entonces, alguien de la Iglesia que conocía el servicio penitenciario me dijo que la única forma de entrar sería siendo guardiacárcel. Y bueno, así fue.
- ¿Fue difícil ganarse la confianza de los internos?  
— Llevó tiempo. Desde que entré
al servicio estuve en diez motines, siempre con los presos, hablando, tratando de acordar con ellos. Ahí es donde uno se juega, porque si te escapás ya no confían. Hay que quedarse y poner el pecho. Algunos guardias me odiaban por estar con los presos. Y los presos, por ser guardia. Pero hay que romper códigos para producir un cambio.
-¿Y cuándo apareció ese cambio?  
— Yo me negaba a usar armas, tenía mucha cercanía con los internos. Entonces, el director, con bronca y para probarme, me mandó cinco meses de encargado a Aislamiento, donde van los presos castigados. Tenía que estar 24 horas con ellos y no me mandaban ni la comida. A escondidas, repartía gedeones, unas biblias de bolsillo muy chiquitas, para que lean. Un día uno me cuentan que uno se fumaba las hojas. Lo llamé y le dije: “Yo voy a dejar que las fumes si me prometés que antes de arrancarla, leés la página”. A los pocos días, vino y me dijo que no podía fumarla porque cada vez que leía, lloraba. Dios le había tocado el corazón porque la verdadera libertad está en Jesucristo. Así las conversiones se iban dando de diferente forma y gradualmente.
-¿Cómo se creó la Iglesia dentro de la cárcel?
— En verdad, la cárcel es la Iglesia. Cuando advirtieron que había más respeto y tranquilidad, me dieron un pabellón con 14 presos evangélicos, después un piso y luego otro. En 2002, me pidieron que me encargara de toda una cárcel, la Unidad 25. También tenemos una granja por donde ya pasaron 160 ex internos. Algunos, que aún cumplen condena, van de lunes a viernes y regresan a la cárcel el fin de semana. A pesar de estar abierta, nunca se escapó nadie ni pasó nada grave, porque está basada en el amor y la confianza. Algo que muchos no sintieron nunca.